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En
la época de Jesús un sudario era un pañolón
(equivalente, aunque algo mayor a uno de nuestros pañuelos actuales)
que usado como una pequeña toalla, servía para quitarse
el sudor de la cabeza o limpiarse la cara en caso de necesidad. La Enciclopedia
Universal Judía recoge la prescripción según la cual
cuando un cadáver tenía desfigurado o mutilado el rostro
era imprescindible que este fuera cubierto con un velo para ocultarlo
a los ojos de la gente. No es extraño que se empleara para este
menester el pañolón -sudario- que se tenía
a mano (en ocasiones enrollado en la muñeca) y que
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se colocara sobre el difunto aun antes del entierro.
Por
otra parte sabemos que uno de los "lienzos funerarios" empleados
en enterramientos judíos es el sudario, y que cubre exclusivamente
el rostro. San Juan en su evangelio menciona en dos ocasiones un sudario
sobre la cabeza de un cadáver. En el relato de la resurrección
de Lázaro (Jn 11,44) dice que salió el muerto "atado
de pies y manos y envuelta la cabeza en un sudario" pero el
texto evangélico más importante del Apostol en este punto
es
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el Cap. XX. En sus versículos 6 y 7 distingue claramente entre
los lienzos en los que fue envuelto el cadáver (entre ellos, lógicamente,
la Sábana que mencionan los evangelios sinópticos) y "el
sudario que había estado sobre su cabeza".
A
pesar de que en francés y en español se denomina -a veces-
Santo Sudario a la Síndone, sólo impropiamente se puede
llamar sudario a la sábana utilizada para envolver el cuerpo entero
en un enterramiento hebreo.
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